Mar y montaña en Albania: Sarandé y Shkodër

Albania es un país de contrastes y por ello en este ratito os voy a llevar a sus playas increíbles y a los paisajes de montaña de los más bonitos que he visto.

Tomamos desde Tirana rumbo a Sarandé, zona costera con un encanto especial aunque aquí las playas no son nada espectacular. Pequeñas, con cemento, rocas… Pero aquí podréis probar pescado y marisco de la zona a unos precios más que asequibles.

Sarandé
Playa Sarandé
Sarandé

Desde Sarandé fuimos a conocer en barco los alrededores y era la primera vez que lo visitaba pero no pude evitar enamorarme perdidamente del Mar Jónico. Es un mar tranquilo de agua fría y cristalina que esconde piedras a cada cual más bonita. La excursión me dejó vistas del Jónico como nunca imaginé.

Jónico
Aguas turquesas Jónico
Mar Jónico

Tuvimos la suerte de estar en un alojamiento en alto y, gracias a eso, pude disfrutar de un atardecer sobre el mar de los que no olvidas jamás.

Atardecer en Sarandé

Emprendemos camino una vez más por las terribles carreteras albanesas para llegar hasta el norte del país, concretamente a Shköder, la ciudad de las bicis. No es sólo algo cultural, en Albania el coche es un artículo de lujo (así como la gasolina) y Shkodër es una ciudad más que manejable para recorrerla a 2 ruedas. Y donde fueres, haz lo que vieres… Así que nos aventuramos a las calles del centro de la ciudad en busca de una tienda donde alquilar nuestra bici, después de una copiosa comida en el restaurante Puri, visita obligada si pasas por allí.

Restaurante Puri

Con la tripa bien llena, empezamos nuestra ruta en bici por Shköder para descubrir que se trata de una ciudad muy llana, con un encanto especial y en la que hay un respeto absoluto por las bicis. Damos un buen paseo hasta llegar a las inmediaciones del Lago Skkadar y maravillarnos con las vistas. A pesar de que el peso de nuestra barriga nos lo pone difícil, conseguimos llegar a la única parte alta que hay en la ciudad donde, como no podía ser de otra forma, está el castillo.

La construcción es una auténtica maravilla muy bien conservada pero lo que te deja sin aliento son las vistas desde arriba.

Interior Castillo Shköder
Vista panorámica castillo Shköder
Vistas desde el castillo de Shköder

De bajada, descubrimos el camino que lleva a la Riviera del Lago Skkadar y nos atrevemos a explorar para llegar a una especie de paseo marítimo (sin mar, con lago) plagado de bares y restaurantes a pie del lago Skkadar, y se nos apaga la luz en Shköder mientras contemplamos absortos la inmensidad del lago cuyas aguas están a caballo entre Albania y Montenegro.

Lago Skkadar
Lago Skkadar

Justo a tiempo para devolver nuestras bicis y disfrutar del ambiente nocturno en el centro de la ciudad, una pequeña muestra para ilustrar la vida que hay en este lugar.

Shköder de noche

Después de una noche en un hotel más que peculiar, una anécdota más del viaje, ponemos rumbo a la montaña. Aquí recomendación: si visitáis la zona, reservad un par de noches para dormir en el parque natural de Teth ya que la distancia y el estado de las carreteras desde Shköder no permiten hacerlo en una excursión de un día. Como ya habréis supuesto por mi recomendación, no pudimos recorrer Teth pero no podíamos quedarnos sin vivir la experiencia de ver las montañas en un país como Albania. Elegimos el Valle de Kirit y fue todo un acierto. Se trata de una carretera estrecha que va recorriendo todo el valle, formado a lo largo de los siglos por el paso del agua proveniente del deshielo de las montañas que va abriéndose paso entre las rocas calcáreas propias de la zona. Y los paisajes son espectaculares, incluso aptos para el baño si la temperatura lo permite. También tenéis un par de bares totalmente escondidos en la naturaleza que son dignos de visitar aunque solo sea para tomar un refresco disfrutando del paisaje y la pureza del aire.

Valle Kirit
Fauna Kirit
Paisajes
Valle de Kirit

Después de un tropezón incluido, dejamos la montaña para vivir Shköder también de día. Una ciudad encantadora y con ambiente tanto de día como de noche.

Mezquita nueva Shköder
Calle principal Shköder
Shköder

Con estas vistas y malas noticias que llegan desde casa, abandonamos Albania y tras una breve parada en Dubrovnik, termina nuestro viaje. Tendré que regresar en unos años para confirmar si el progreso que ya se empieza a atisbar, ha dado su fruto pero me voy encantada de haber vivido aún un poquito de la auténtica Albania y agradecida por todas las vivencias y cosas increíbles que hemos visto.

Y esta entrada del blog va por ti, papá. En realidad, todas han ido por ti y así seguirá siendo, porque este gen viajero es gracias a ti y, por tanto, gracias a ti descubrí una de las cosas que más gusta hacer en el mundo. A partir de ahora, tendré que reinventar mi motivación por viajar sin poder compartir la ilusión y los aprendizajes de cada viaje contigo pero estás dentro de mí y, cuando consiga reponerme del vacío, te prometo emplearme en encontrar la manera de volver a ilusionarme viajando. Ojalá desde donde estés, hayas vuelto a recordar todos los que hicimos juntos y vuelvas a llenarte la boca hablando de nuestras anécdotas. Ayúdame desde allí a poner la corona en su sitio. Ahora me toca a mí seguir nuestro viaje y conquistar el mundo, por los tres.

Este último atardecer del viaje, antes de que algo se rompiera dentro de mí que aún no he podido volver a recomponer, te lo dedico con un impulso especial para que llegue hasta donde estás y te pueda imaginar sonriendo otra vez. Te quiero, te echo de menos y te llevo siempre conmigo.

Para Papá 💔 In Memoriam

Albania el país de las águilas y su capital, Tirana

Después de 5 horas de viaje en coche por carreteras en las que escasamente pudimos meter quinta y cruzando la frontera de Montenegro con Albania, en la que simplemente por ver que nuestro pasaporte era español nos pusieron una alfombra roja, llegamos a la capital de Albania entre sensaciones encontradas. Los alrededores de la capital son un cúmulo de pobreza, calles desvencijadas, tiendas de lo más peculiar y obras por todas partes pero, cuando llegas al centro, empieza a parecerse más a una ciudad europea venida a menos pero que promete encanto a raudales, entre un tráfico caótico. Nuestra primera vista cuando empezamos a andar es Skanderberg, donde se encuentra la Ópera, que es una plaza inmensa construida con baldosas provenientes de cada región de Albania con la intención de que, cada albanés que resida en la capital, tenga representación en ella. Desde esta misma plaza ya se puede apreciar la convivencia de culturas pues alrededor de ella podemos encontrar una mezquita (el 60% de la población es musulmana, en su mayoría no practicante), una iglesia ortodoxa y avistar una iglesia cristiana.

Plaza Skanderberg

Y después de presentaros esta grandiosa plaza, vamos con un poquito de Historia para contextualizar la ciudad de Tirana y el país albanés. Albania formó parte del imperio otomano durante más de cuatro siglos, de ahí que la influencia de la cultura musulmana sea muy relevante en este país. Tras la disolución del imperio otomano en 1912, las guerras de los Balcanes (1913) convirtieron Albania en un Principado independiente. Durante la IIGM la península balcánica fue invadida por Italia y convertida Albania en un protectorado nazi hasta la caída de los nazis en 1944 cuando, por contraposición al régimen nazi, se proclamaron como una democracia popular socialista bajo el mando de Enver Hoxha y su partido comunista (democracia porque elecciones había aunque solo se podía votar a un partido, ¿adivináis cual?). Albania se ha mantenido bajo el régimen comunista hasta 1991 cuando se produjo la caída del mismo y actualmente son una democracia parlamentaria que continúa en transición. Volveremos sobre la Historia y su régimen comunista más adelante pero si quería que os hicierais una idea desde este momento de un país con una riqueza natural increíble (que ya puedo intuir, aunque me queda mucho por ver) pero que aún no está preparado para las hordas de turistas, ni mentalmente ni en las infraestructuras. Para ellos conducir, la propiedad privada y el turismo, por mencionar algunos ejemplos, son algo reciente a lo que aún tienen que adaptarse.

Sigamos nuestro paseo por Tirana para acercarnos a la Pirámide de Tirana, una construcción moderna y algo megalómana que fue utilizada como centro de oración impuesta por el régimen. A día de hoy, es un centro de estudios de tecnología y ofrece unas magníficas vistas de la ciudad.

Pirámide de Tirana
Vista panorámica desde la Pirámide

Podría pasarme horas hablando de Tirana: del castillo, los parques, los encantadores locales y cafés que hay por toda la ciudad…pero me voy a contener para daros una imagen, una curiosidad, una información y hablaros de mi lugar preferido en Tirana.

La imagen es para mí la de la Mezquita Nueva, aún sin terminar y eso que tiene más de 5.000 visitantes, pero asombrosa e imponente.

Mezquita Nueva

La curiosidad es contaros que igual que yo, quizá no sabéis que hay una mujer albanesa famosa en el mundo entero y que tiene su monumento conmemorativo en la iglesia católica de Tirana. La albanesa más famosa es Santa Teresa de Calcuta.

La información es hablaros sobre el pintoresco barrio de Blloku donde se concentraba la élite del partido comunista, porque todos somos iguales pero unos más iguales que otros. Además de pasear por sus calles y sus parques con un ambiente muy agradable, tuvimos ocasión de ver la casa donde vivió el dictador Enver Hoxha, a día de hoy propiedad del Estado y sin una utilidad concreta, a la espera de decidir. No haré más comentarios 🙂

Casa de Enver Hoxha y su familia durante el régimen comunista

Por último, el lugar que más me ha gustado en Tirana por todo lo que he aprendido y por ser una sensación nueva para mí. Altamente recomendable el Bunkerart, hay 2 en la ciudad: uno en las afueras y otro en el centro, algo más pequeño pero igual de interesante. Se trata de un bunker real construido por el régimen debido a las relaciones complicadas que mantuvo con sus otrora aliados, Unión Soviética y China (aunque en realidad nunca se llegó a utilizar en un contexto bélico). Todo se mantiene tal cual solo que lo han convertido en un museo del comunismo en el que poder aprender sobre la policía y su papel, la propaganda, los servicios secretos y las maneras de espiar a la población, los interrogatorios, campos de concentración y de trabajo, torturas y demás incoherencias de un régimen «popular». Es un lugar angosto que me llevó al límite pero sin duda mereció la pena y además, ¡se estaba fresquito!

Bunkerart 2
Pasillos interior Bunkerart
Oficina ministro asuntos interiores dentro del Bunkerart

No puedo abandonar Tirana sin recomendaros una breve visita a Kruja para ver su bazar y su castillo y las vistas desde el mismo. Está a unos 40 minutos en coche de Tirana, os dejo algunas imágenes para que os animéis.

Castillo de Kruja

Tirana, estoy segura que si volvemos a vernos no serás la misma y eso me pone un poquito triste aunque por otro lado espero haber contribuido con mi visita a que en un futuro seas capaz de brillar aún más. Y así nos vamos de Tirana rumbo a ver los contrastes de Albania: playa y montaña. Seguiremos informando!

Montenegro, Kotor eco & cat friendly

He de reconocer que cada vez me cuesta más salir de mi confort por todo lo que dejo en casa, salir a llenar la mochila es más complicado cuando gran parte de tu corazón se queda en casa. Pero, aunque sea por ratitos, necesito de vez en cuando desplegar las alas. He diseñado este segundo recorrido por los Balcanes, siempre hay que volver a los lugares donde has sido feliz. Espero que me acompañéis y poder haceros temblar con cada experiencia.

Esta aventura arranca en Dubrovnik, desde donde nuestro coche de alquiler con anécdota incluida nos llevará hasta Montenegro y, en concreto, hasta una de sus zonas más emblemáticas: Kotor.

Hacemos el trayecto de noche y, aún así, la carretera se nos antoja increíble pues nos lleva hasta Kotor recorriendo el fiordo del mar Adriático por las Bocas de Kotor. Circulamos a menos de un palmo del agua en algunos tramos y de fondo un perfil de montañas verdes. El centro histórico de Kotor es una ciudad amurallada sin tráfico que nos obliga a tirar de nuestra pesada maleta hasta nuestro alojamiento.

Aprovecho el descanso nocturno más que merecido para un poquito de Historia. Un territorio que perteneció durante más de 3 siglos a Venecia y que dejó su huella en la cultura y la gastronomía de este país. Muchas idas y venidas como estado anexionado a varios países con épocas de Principado y Reino independientes.  Con el fin de la I Guerra Mundial, Montenegro pasó a formar parte de la Yugoslavia Socialista hasta que ésta se desintegró con el fin de la Ii Guerra Mundial pasando Montenegro a formar parte de la Yugoslavia Federal y así se mantendría hasta 1992 cuando Yugoslavia desapareció. Montenegro se mantuvo unido a Serbia en una República Federal pero la Guerra de los Balcanes y las tensiones por la desigualdad entre ambos países dentro de la República hizo que crecieran las presiones internas para la independencia que finalmente fue declarada en 2006 tras un plebiscito y apoyada por la mayor parte de países del mundo, incluido Serbia.

Un país con tanta historia se merece una parada de un día intenso en nuestra ruta para conocerlo un poco más. Y nuestro día arranca en el centro histórico de Kotor con un copioso desayuno típico entre las bonitas calles estrechas de la ciudad.

Desde aquí emprendemos la búsqueda a la subida a la Fortaleza y Castillo de San Juan sin saber lo que nos esperaba. Casi 3 kilómetros de escarpada subida que cada vez se hacen más duros por el calor y la propia pendiente que se va a agudizando según subimos. Por contra, la panorámica es cada vez también más increíble y podemos contemplar la grandiosidad del entorno entre mar y montañas verdes, y también la del centro histórico de Kotor poblado de tejados rojos, tan típicos en las construcciones balcánicas. El esfuerzo merece la pena a pesar de todo para traeros estas imágenes.

Tras la sudada, nos aventuramos al mar para recorrer en lancha el fiordo y llegar hasta Nuestra Señora de las Rocas. Se trata de un islote artificial construido por lugareños de Perast, una localidad próxima a Kotor, que tras encontrar en este lugar un icono de la virgen, decidieron levantar allí un templo para ella, donde hoy se puede visitar el icono original por un módico precio (2€).

La festividad de Perast es el 22 de julio y todos el pueblo sale con sus barcos para tirar rocas alrededor de esta isla y garantizar así su estabilidad, una tradición curiosa cuanto menos.

Seguimos surcando el fiordo para contemplar los 3 túneles submarinos y hasta adentrarnos en uno de ellos. Fueron utilizados durante la IIGM y la Guerra de los Balcanes como escondite para los barcos. Tapaban la entrada al túnel con ramas de tal forma que quedase camuflado en la montaña y no fuera bombardeado por los aviones. Los 3 túneles están conectados entre si y se puede acceder andando entre uno y otro.

Ya en mar abierto tengo la ocasión de volver a encontrarme con él, mi mar Adriático, y disfrutar de su agua fresca y transparente con un buen chapuzón.

De vuelta a Kotor y a tierra firme, tenemos la oportunidad de recorrer el centro histórico con sus estrechas callejuelas y sus encantadoras plazas, siempre a resguardo bajo la atenta mirada de las montañas que lo rodean, para llevarme de este lugar el mejor de los recuerdos.

Por si todo lo que os he contado (y otras cosas que me guardo para mí) no fuese suficiente, resulta que Kotor es el paraíso de los gatos. Están por todas partes de la ciudad, la gente los cuida y los protege y campan a sus anchas por restaurantes, tiendas, hoteles…. Además, han intentado un sistema por el cual reciclar se convierte en un aliciente ya que, cada vez que reciclas, les cae comida y agua a los auténticos protagonistas de Kotor.

Los que me conocéis os podréis imaginar que Kotor cumple con todas mis grandes pasiones así que, de nuevo, me dejo un trocito en ella.

Pero la aventura tiene que continuar y nos vamos al país que linda por el sur con Montenegro después de atravesar el país por sus angostas carreteras. Os espero en Albania y su capital, seguiremos informando!

Shukran Tanger

Hay cosas que llevan su tiempo y otras que el tiempo se lleva. Lo que no se ha llevado es el enganche a esta sensación de aterrizar en un país donde no sabes qué te espera, esta sensación deliciosa que es una mezcla entre inquietud y curiosidad. Ha llevado su tiempo volver a sentirla, eso sí, pero ahora que ha vuelto espero poder disfrutar de ella en muchas otras ocasiones.

Este finde especial en el que celebro de nuevo otra vuelta al sol, he experimentado esa sensación recorriendo Tánger.

Vista de Tánger

Nuestra aventura comienza en la medina de Tánger y su kashbah, donde tenemos nuestra riad para empezar a imbuirnos de la cultura marroquí. Salimos sin rumbo concreto a dar una vuelta por la medina y la vida que hay en las calles de Tánger nos arrolla sin remedio, nos dejamos llevar por las callecitas sin fin, por los olores a especias, el colorido de los puestos en la calle… y si, nos convertimos en carne fresca para los marroquíes que quieren que entres en su tienda a toda costa o que se convierten en guías improvisados buscando una propina.

Degustamos su cous-cous, nos dejamos agasajar con los fantásticos tejidos que fabrican manualmente en los telares y los maravillosos aceites de plantas, probamos té a la menta…en un intento por hacer una inmersión exprés en la cultura marroquí. Ahora sí, ya estamos preparados para recorrer la ciudad desde otro punto de vista. Vamos allá!

Llegamos el día clave en Tánger ya que es el día de mercado berebere pero además el viernes es el día propio para comer el cous-cous. Por estos 2 motivos, la ciudad está en completa ebullición y resulta caótica en una primera vista.

El caos llega a su máximo exponente en el mercado tradicional de la medina, donde los turistas nos mezclamos con los marroquíes comprando fruta, carne o pescado.

Entrada a la Medina de Tánger
Mercado tradicional de Tánger

Y siguiendo con el caos, llegamos hasta la Plaza del 9 de Abril, de los pocos lugares de la Medina donde pueden acceder los coches y por ello el tráfico se entremezcla con la gente paseando, vendiendo, trapicheando en un caos perfecto donde sientes, no sabes por qué, que todas las piezas encajan como si se tratara de un puzzle. En esta plaza encontramos el famosisimo Cinema Rif, el antiguo cine de Tánger, a día de hoy reconvertido en una terraza en la que tomar algo mientras observas la vida de la plaza.

Plaza del 9 de Abril
Mezquita de Tánger
Cinema Rif

Seguimos por la Kashbah, esto es, la zona amurallada de la ciudad y que está en la parte más alta. Desde el puerto mirando a la kashbah, nos parece una auténtica maravilla pero, a medida que te adentras en ella, la sensación va creciendo según vas encontrando rincones y calles adorables, además del mirador desde el que deleitarte con la vista del puerto, tanto de día como de noche.

Vista de la kashba desde el puerto
Vista del puerto desde la kashba
Vista nocturna del puerto desde la Kashba

Un imprescindible en la visita a la Medina de Tánger y su kashbah es el Hotel Continental. Uno de los principales hoteles en el centro cultural que tiene una parte de museo visitable y muy recomendable porque es muy bonito, pero además ofrece una de las mejores vistas del puerto de Tánger.

Nos aventuramos a alejarnos un poco del centro de Tánger para ir a visitar el Cabo Spartel, un lugar increíble donde la naturaleza y el mar son los protagonistas pero que es famoso por ser el punto en el que se encuentran el Atlántico y el Mediterráneo.

Cabo Spartel

Después tuvimos ocasión de montar en camello en una playa de arena fina espectacular (esta vez, Atlántico). Mi querida Nadia, que así se llamaba la camella, me hizo pasar un rato fantástico para no olvidar.

Para rematar la mini excursión, visitamos la Cueva de Hércules. Una maravilla de la naturaleza que ha construido el mar erosionando sobre la roca calcárea, dejando una abertura por la que se puede observar el mar y una de las más maravillosas puestas de sol (os recomiendo acertar con la hora de la visita, al atardecer). Debe su nombre a que la erosión del mar ha dejado en una de las rocas dentro de la cueva, una forma de cara que dicen se parece a Hércules.

Cueva de Hércules

Un poquito de descanso y disfrutar la noche tangerina en una de sus innumerables terrazas donde puedes conocer gente de diversas nacionalidades, fumar, beber té… en un ambiente de lo más chill.

Ya con las energías renovadas, nos vamos a conocer Chefchaouen, a unas 2 horas de la ciudad de Tánger pero sin duda merecedor del paseo para conocer este peculiar pueblito en la montaña cuyos habitantes han convertido en una auténtica belleza que no os dejará indiferentes. Son ellos quienes se ocupan de pintar de azul y decorar cada calle del centro histórico y el resultado es espectacular. No hay foto fea que puedas hacer en Chefchaouen.

Calles de Chefchaouen
Calles de Chefchaouen
Calles de Chefchaouen
Calles de Chefchaouen
Calles de Chefchaouen
Vista de Chefchaouen

Y así finaliza esta pequeña aventura con todos los checks hechos y un año más a la espalda. Esta vez, la dedicatoria va para alguien desconocido pero que ha convertido nuestro viaje a Tánger en algo mejor y a todo aquello que sume, siempre hay que estarle agradecido. Gracias a Mohamed, nuestro ángel de la guarda en este viaje, por cuidarnos, por enseñarnos un poco de su país, por los regalos, las siestas, las risas… pero sobre todo gracias por recordarme lo privilegiada que soy y por hacerme creer un poquito más en el ser humano. Salam amigo, ojalá tengas toda la suerte que mereces!

Sardegna la piú grande

Esta vez  me he saltado a la torera mis propias normas, que para eso son las normas, y no escribo esta entrada «en directo» sino ya desde la comodidad de mi hogar. Este viaje ha sido algo distinto por 2 razones: en primer lugar, porque no ha sido tan aventura como me tengo acostumbrada, en segundo, porque me prometí a mí misma desconectar de todo para que el brillo volviera a brillar y esto incluía al ordenador. Si hace unos meses os hablaba de un viaje especial a Oporto porque suponía salir de la frontera de España más de dos años después, esta vez os hablo de otro también especial porque se trata de ‘il ritorno’ a mi Italia, una Italia desde una perspectiva distinta a la que conocía hasta ahora, menos cultural, más relajada, pero siempre sorprendente.

Cerdeña es una isla que limita al norte con Córcega, al este con el mar Tirreno, y al suroeste con el mar Mediterráneo pero además de ser una isla constituye por sí misma una de las 20 regiones italianas y, no solo eso, se trata de la tercera región más grande de Italia (después de Sicilia y Piamonte) pero a la vez, una de las más despobladas del país. Esto os puede servir para haceros una idea de que se trata de un vasto territorio con muchísima naturaleza y agua, pero poca gente. Es imposible recorrerse la isla en unos días de vacaciones así que yo me he centrado más bien en la parte suroeste de la isla, con nuestro centro de operaciones situado en Iglesias. Cerdeña cuenta con su propio variante del italiano, el sardo, también su propio emblema del que luego os hablaré, su propia comida típica de la que también hablaremos luego y en definitiva su propia ideosincrasia. Voy a intentar que la conozcáis un poquito o, al menos, que tengáis una ligera idea de lo poquito que yo la he llegado a conocer.

Nuestro viaje arranca en Barcelona en un ferry de Grimaldi Lines para recorrer los 530 kilómetros que separan Barcelona de Porto Torres, el puerto de pasajeros más importante de Cerdeña. Tardamos unas 12 horas en recorrer de noche el Mediterráneo, toda una experiencia que además he podido compartir con mi fiel compañera, mi perrita Moana. Seguro que os preguntaréis si nos mareamos, nosotros un poco, ella como si hubiera ido en barco toda su vida. Al barco no le falta detalle para hacer de la travesía algo entretenido aunque, como todos los transportes en mi opinión, se hace pesado. Llegamos a Cerdeña y nos atravesamos la isla de norte a sur para llegar hasta Iglesias, haciendo una parada en el encantador pueblito de Bosa para irnos metiendo de lleno en la cultura sarda.

Una vez instalados, decidimos probar el encanto por excelencia de Cerdeña, esto es, las playas. No existe playa fea en Cerdeña (o al menos yo no la he conocido), todas son bonitas y encantadoras haciendo unos juegos con los colores azules como nunca había visto. Las hay de arena, rodeadas de pinos, con rocas, de piedrecitas pequeñas, con algas y más de las que os imagináis tienen ruinas fenicias dentro de la propia playa, pero todas combinan a la perfección el paisaje con el azul celeste de sus aguas y todas son una maravilla. Mención especial merecen las playas de perros, muy habituales en Cerdeña y por lo general muy cuidadas además de tener todos los servicios para que puedas pasar un rato divertido con tu peludo.

La otra gran fortaleza de Cerdeña son las grottas por su naturaleza calcárea hay muchas cuevas a lo largo de toda la isla y es por ello que Cerdeña ha sido un importante centro minero. Tuvimos ocasión de visitar la Grotta de San Giovanni, que es una de las galerías naturales más grandes de Europa con sus 850 metros de longitud que tuvimos ocasión de recorrer a nuestro aire y con Moana que, de nuevo, parecía acostumbrada a ver cuevas en su día a día.

También pudimos visitar la cueva de Porto Flavia, una mina excavada directamente en un acantilado pegado al mar, donde iban a parar los minerales de las minas de la isla, fundamentalmente de plata y zinc, para cargarlos en barcos y desde allí distribuirlos a toda Europa. Un ingeniero diseñó la obra maestra que hoy se puede visitar con un innovador sistema a través del cual se eliminaba el trabajo manual y todos los materiales que llegaban se almacenaban en silos desde los que la maquinaria los transportaba directamente a los barcos que había esperando en el mar. Esta obra de ingeniería supuso en 1923 que los trabajos de transporte de minerales que antes llevaban más de un mes, a partir de la innovación en Porto Flavia se tardaban a penas unos días. Es impresionante visitarla (y un poco claustrofóbico, para qué os voy a engañar) y conocer su historia. Así como impresionantes son las vistas desde la mina hacia el Mediterráneo con el Pan di Zucchero (Pan de azúcar) decorando el mar. El Pan di Zucchero es uno de los farallones más grandes del mundo y servía como barrera natural para el viento y las mareas para proteger los baros que atracaban bajo Porto Flavia esperando su mercancía.

No contentos con haber visto Porto Flavia por dentro, nos lanzamos a recorrer la bahía de Masua en lancha para contemplar la mina desde el mar y ver de cerca el Pan di Zucchero, incluso meternos en una de sus cuevitas para maravillarnos con otra versión del celeste del mar al introducirse la luz bajo la cueva y reflejarse sobre el agua. Sin duda, mereció la pena.

Un último vistazo al mar desde la Passeigata del belvedere di Nebida, como su propio nombre indica un paseo muy agradable de un kilómetro recorriendo los acantilados para contemplar de nuevo los azules del Mediterráneo.

Dejando a un lado lo maravilloso del mar y las cuevas de Cerdeña, os quiero enseñar algunas de mis vistas favoritas del que ha sido nuestro centro de operaciones: Iglesias. Un pueblo encantador con mucha vida y del que cabe destacar los paraguas de colores que impregnan de alegría sus tradicionales callecitas llenas de bares y tiendas. No he logrado descifrar el porqué de esta peculiar decoración pero es que, a veces, la vida tiene cosas bonitas que no necesitan explicación.

También tuvimos ocasión de visitar Cagliari, la capital de Cerdeña, una ciudad señorial de calles anchas y edificios de estilo neoclásico que cae sobre el mar. Debido a su altura, está plagada de miradores desde los que poder contemplar la ciudad de un punto de vista diferente.

Casi por último, no podía faltar, un poquito de historia para hablaros del emblema de Cerdeña. Seguro que muchos no sabréis que, desde aproximadamente 1300 Cerdeña fue un reino de la Corona de Aragón aunque mantuvo cierta autonomía hasta la unión de las coronas de Castilla y Aragón gracias a la unión de los Reyes Católicos. Desde entonces y hasta el Tratado de Utretch, que supuso el fin de la Guerra de Sucesión española (1713), Cerdeña fue un reino perteneciente a España. Poco después, en 1720, la corona de Austria cedió el reino de Cerdeña a la casa de los Saboya a cambio de Sicilia y así el destino de Cerdeña se unió a Italia hasta el día de hoy. Antes de todo esto, siendo Cerdeña aún española, ésta participó activamente en la batalla de Alcoraz contra los moros por la conquista cristiana de Huesca, por lo que Pedro I de Aragón cedió este emblema conocido como «los cuatro moros» a la isla que, a día de hoy, lo mantiene pero también sigue siendo uno de los cuatro emblemas que figuran en la bandera de Aragón.

No me quiero despedir de esta tierra sin hablar de la gastronomía. Pasta, si. Pero una variedad de pasta en la que predomina el mar (pescado, marisco, botarga…) así como la tierra (calabacin, patata, tomate, calabaza…) acompañado por el sabor intenso del queso pecorino, típico de Cerdeña. Además, no se trata de cualquier pasta, sino de variedades muy específicas que son las más propias de la isla: los culurgiones, con forma de concha y rellenos de los deliciosos sabores de la isla, y los pacheri, una suerte de macarrones enormes que están deliciosos. Puedo decir que en Cerdeña he probado la mejor pasta que he comido nunca: unos pacheri con crema de pecorino y polvo de jamón ibérico (aquí se nota la influencia española).

Con el recuerdo de estas delicias en la boca me despido de Cerdeña y pongo fin a las vacaciones. Espero de todo corazón que el espíritu sardo me haya llenado de fuerza para volver a la batalla del día a día, en la mejor de las compañías, como en este viaje, siempre. No os despistéis que Septiembre viene viajero y ya sabéis que esta sensación de volar, es adictiva. Ciao Sardegna, hasta que volvamos a encontrarnos, a mi querida Italia.

Antigua, muy noble, siempre leal e invicta ciudad de Porto

Esta es la primera vez que viajo fuera de la frontera de España post pandemia y, como todas las primeras veces, por ello es especial. Han sido dos años soñando con que llegara ese momento de volver a sentir este gusanillo y es una ocasión señalada para mí. Además, le debía una a Oporto, como a todos los lugares a los que debo un trocito de mí misma pero que pasaron por mi vida antes de la creación de este espacio.

Oporto, Porto o Portus Cale como la llamaban en sus inicios los romanos, es una ciudad creada en torno al río Duero, que ha abastecido y enriquecido a este lugar durante toda su existencia. Conocida por su vinho, quizá algo menos a quien no la haya visitado por ser la alegoría hecha ciudad de un perfume de esos carísimos, que se presenta en un frasco pequeño pero que condensa en ese poco espacio un montón de maravillas a ofrecer.

Porto fue regalada al obispo y por ello durante muchos años la figura del obispo ha ostentado el poder sobre la ciudad. No es de extrañar pues, que arranquemos nuestra visita en la colina presidida por la majestuosa Catedral y el Palacio Episcopal.

Vista de la Catedral y el Palacio Episcopal desde el mirador de la Victoria
Vista enmarcada de la catedral desde una callejuela de Oporto

En cambio, si algo me gusta especialmente de Oporto es ese espíritu rebelde que impregna la ciudad y su historia, así que me vais a permitir que avance en la visita que hemos hecho para presentaros la colina del Olival, en el lado opuesto, y que respira belleza y rebeldía por cada rincón.

En esta colina del Olival se encuentra la moderna Universidad de Oporto, por lo que no es de extrañar encontrar jóvenes con capas negras que parecen salidos de Howgarts haciendo méritos, como pacientes mártires, soportando las novatadas para ser considerados miembros de alguna de sus hermandades. Y siguiendo con la inspiración de Harry Potter, al lado de la universidad también se encuentra la famosísima librería Lello, donde no pudimos entrar esta vez porque debido a su fama tiene unas colas para acceder que no cabían en nuestro finde exprés.

Además de otras muchas maravillas, en esta colina del Olival también nos vamos a encontrar con la Iglesia de los Clérigos, de estilo barroco rococó que en su día albergó, además del santuario, un hospital para los más desfavorecidos. Bajo la firma de un desconocido Nicolau Nasoni, este edificio es un deleite, y tanto fue así que Nasoni se convirtió en el arquitecto más famoso y más demandado de Oporto, incluso a pesar de que este trabajo lo hizo sin cobrar. La iglesia está coronada en su parte trasera por la Torre de los Clérigos, que se convirtió en faro de Oporto ya que era tan alta que podía verse no sólo desde cualquier punto de la ciudad sino también desde el río Duero para los navegantes. Esta torre y la plaza en la que se ubica, plagada de las típicas casas con la fachada de azulejos de colores, se ha convertido en mi lugar favorito en Oporto.

Mi rincón favorito de Oporto
Iglesia de los Clérigos

Una vez presentadas las dos colinas que constituyen, de forma natural, los límites laterales del centro histórico de Oporto, os voy a hablar de todo lo que hay en medio, que es muchísimo.

Voy a empezar por la maravillosa estación de Sao Bento, construida a principios del siglo XX una vez pudieron «deshacerse» de las últimas monjas que habitaban el convento que había en su lugar.

Estación Sao Bento

Las monjitas en cuestión fueron muy longevas y no podían echarlas hasta que la última de ellas muriera, de ahí que se cuente que los trenes llegaban a Oporto como si no llegaran a ninguna parte porque vías si había, pero estación aún no. Así lo reflejan las historias sobre la ciudad pintadas en los clásicos azulejos portubenses que decoran el bellísimo vestíbulo de Sao Bento.

Vestíbulo estación Sao Bento

Porto está plagada de cuestas. No deja de ser una ciudad que cae en cascada hasta el río Duero y nuestros gemelos están sufriendo las consecuencias. Avanzamos desde Sao Bento en busca del Duero y lo hacemos por la preciosa y siempre animada Rua das Flores.

Una curiosidad: todas las calles hacen honor a la profesión que más se daba en ella, en el caso de las Flores no es así; esta calle no estaba plagada de floristas sino de joyeros que, para llamar la atención de sus clientas, lo hacían decorando sus bonitos escaparates llenos de dorado con flores.

Bajando la Rua das Flores durante un rato de cuesta abajo, vamos encontrando edificios tan bonitos como el Palacio de la Borsa.

Palacio de la Borsa

Poco después de la Borsa aparece ante nosotros él, el verdadero protagonista de esta ciudad: el río Duero y su Ribeira. Es una zona llena de magia y ambiente, plagada de bares donde comer el típico bacalao de mil formas cocinado así como las riquísimas francesinhas (un poquito después os hablo de ellas), además de por supuesto degustar el famoso vinho do Porto mientras se disfruta de unas vistas maravillosas del río, sus 6 puentes y Vilanova de Gaia, la ciudad justo al otro lado del río.

Vista desde la Ribeira a Vilanova de Gaia

Con más ganas de seguir explorando las vistas que nos ofrece el Douro, cruzamos el Ponte de Luis I, que de los 6 puentes a mí me ha parecido el más encantador. Os podéis imaginar que el paisaje desde lo alto de este puente es sobrecogedor.

Vista de Porto desde el Ponte de Luis I

Llegamos con la boca abierta a Vilanova de Gaia para descubrir que, además de poder contemplar Oporto de otra perspectiva desde allí, parte de la diversión que nos quedaba por ver está aquí, al otro lado del río.

Muy recomendable hacerlo a la hora de comer para probar en el mercado Beira-Río algunas viandas y bebidas portuguesas así como algunas portubenses, por ejemplo las tripas al estilo de Oporto (deliciosas!). Después de llenar los buches, es buen momento para probar el vino de Oporto que, por ser un vino dulce, se utiliza para el postre o la sobremesa. Podéis hacerlo como nosotros en alguna de las más de cien bodegas que hay concentradas en este lado del río, nosotros optamos por la bodega Poças, más pequeña y familiar, pero muy bonita e interesante. Allí aprendimos que ese sabor dulce de este vino se consigue rompiendo el proceso de transformación del azúcar de la uva en alcohol añadiéndole aguardiente, de ahí que sea tan dulce y con una gradación alcohólica tan elevada.

Barricas bodega Poças
Paleta de color de los diferentes vinos de Oporto

Y cuando creíamos que ya no podíamos sorprendernos más, de repente la suerte del turista vuelve a hacer de las suyas y nos lleva, totalmente de chiripa, a cenar A Regaleira, que resulta ser el lugar originario donde se creó en 1952 el plato por excelencia de Oporto, esto es, la francesinha. Para quien no haya tenido el placer, se trata de un sandwich de cerdo, salchicha, jamón york y mortadela cubierto por queso fundido y regada con una salsa picante que en este lugar aprendimos que hace honor a las mujeres francesas, de quienes Daniel David da Silva recién llegado de Francia y creador de este plato, se había enamorado profundamente. El plato es una bomba pero una bomba deliciosa. No hay foto, subir las cuestas de Oporto da mucho hambre y no he sido capaz de esperar ni un segundo a sacar imágenes de ninguno de los platos que me han puesto delante. 🙂

Ha habido miles de curiosidades, de historias y de rincones preciosos pero no quiero extenderme más. Tengo una curiosidad y una dedicatoria que hacer antes de terminar.

La curiosidad es la historia de Hazul, un artista callejero que ha llenado la ciudad de unas obras bellísimas. En su afán por limpiar la cuidad, el equipo de mantenimiento del ayuntamiento hizo desaparecer una de esas obras con pintura blanca y esto desató una guerra entre los asesinos de la brocha blanca y los artistas del spray en la que los segundos se organizaron tan bien para defender la obra de su colega Hazul, que provocaron que el ayuntamiento se gastara una ingente cantidad de dinero en cubrir una y otra vez lo que ellos pintaban. Si no puedes con el enemigo, únete a él. Gracias a esto, hoy Oporto cuenta con una de las mejores regulaciones de Europa con respecto al arte callejero. Una muestra más del espíritu portubense, siempre invicta!

Obra de arte callejero de Hazul

Y la dedicatoria va para mi compañero de viaje, y de vida. Esta también ha sido una primera vez para él y no sé si sabe la enorme ilusión que me hacía ser, de alguna manera, su «guía» en esta experiencia. Por todas las primeras veces que están por llegar, que es el único brindis que nos ha faltado en este viaje 😉

No soy la musa, soy la artista

No soy la musa, soy la artista. No soy una princesa, soy la reina. No pretendo cambiar nada de mi físico, solo me esfuerzo por hacer crecer mis alas. Tengo miedos pero los supero, me gusta ponerme retos que me empujen más allá del miedo. Me gusta el sexo, los coches y el baloncesto. Me gusta ponerme guapa por y para mí. Soy una mujer “rara” y también soy la que hace lo que le da la gana porque hoy soy así porque me he creado a mí misma recopilando cada una de esas pequeñas cosas que me hacen ser más yo que nunca.
Y en este día especial por muchos motivos, esta mujer rara, a pesar de tener la suerte de estar rodeada de mujeres que me inspiran a ser cada día más libre y cada día más yo, yo me acuerdo más que nunca de él, de mi padre.
Mi padre es de esos hombres que, según algunas voces, no pintan nada en esto del feminismo. Pero es él una de las personas que más me ha enseñado sobre él. Fue él quien se empeñó en que estudiara inglés e informática desde muy pequeñita, porque para él era vital que yo supiera manejar lo que iba a ser el futuro y que hablara un idioma que me iba a valer para desenvolverme en cualquier parte del mundo.
He salido, he disfrutado, he bailado y he vuelto a casa hablándole alguna vez de algún “amigo especial” y su contestación siempre era la misma “disfruta, pero siempre con cabeza que los actos tienen consecuencias”. Nunca me ha preguntado “¿para cuándo los nietos?”, no porque no le gustaría, sino porque entiende que es mi decisión y la respeta.
También fue él quien me regaló mi primer coche cuando tuve el carnet, para que no tuviera que depender de nadie para llegar a casa. Ha seguido, años después, impulsándome cada vez que quería un coche nuevo porque “el coche te da mucha independencia”. Recurrí a él cuando quise comprarme mi casa, con una sola propietaria en la escritura, me ayudó en lo que pudo porque estaba encantado con la idea de que, pasara lo que pasara, mi casa sería mía y de nadie más.
Ha celebrado como nadie mis logros profesionales y yo me he sentido satisfecha de poderle devolver algo del orgullo que yo siento por él. Pocas veces le he oído hablar de lo guapa que soy (porque para él soy la más guapa del mundo, claro) porque para él siempre ha sido más importante quien soy y lo que he ido consiguiendo. Y si no lo conseguía, ahí estaba él para recoger los pedazos.
Mi pasión por los viajes me la inculcó él, llevándome desde muy pequeña con él y fomentando ese gusanillo que te pide ver más allá de una frontera o una bandera. Llegado el momento, entendió que debía echarse a un lado e impulsarme a conocer el mundo por mí misma. Cuando di el paso de querer viajar sola, se le veía ilusionado con saber los lugares que iba a recorrer. Se tragó las lágrimas y la preocupación pero me llevó de la mano hasta el control del aeropuerto y apenas me pudo susurrar al oído un “vuelve entera, que eres todo lo que tengo”.
Además de rara, soy una rebelde. Y me rebelaré siempre que me quieran poner una cadena, un sambenito o quieran encajar mi vida en un convencionalismo social. Y también me rebelaré siempre que me digan que el feminismo es una cosa de mujeres.
Feliz 8 de marzo, feliz día de la mujer.

Bienvenido 2021

Un año movido, un año turbio, un año asqueroso,… no podía ser de otra forma pues, en el calendario chino, este es el año de la rata. Adiós 2020, vete y no se te ocurra volver.

Empecé el año de la mejor manera posible, con la ilusión de un viaje por mi Italia, sin saber que sería el último en mucho tiempo. El primer batacazo del año llegó pronto, perdimos a Tigre y con él no solo se fue mi gato, también una parte de mí y de mi familia que cada vez nos cuesta más rescatar para recordarnos que hubo tiempos mejores, tiempos muy buenos, tiempos felices.

Poco después, un aciago efecto mariposa nos cambió la vida a todos. Un proverbio chino en el que se basa una teoría física muy cinematográfica dice que cuando una mariposa bate sus alas se puede sentir su efecto al otro lado del mundo. Pues bien, esta vez no fue una mariposa sino un murciélago en Wuhan que transformó nuestro mundo y cambió nuestro destino. Llegó la maldita pandemia y, con ella, el confinamiento domiciliario que lo tiñó todo de un gris muy triste. Las calles estaban tristes y vacías, los días los recuerdo siempre nublados, veía imágenes de lugares que había visitado en mis viajes y no quedaba ni rastro de la animación que recordaba en ellos. Intentaba ocuparme en mil cosas para no tener ocasión de pensar pero la más mínima mala noticia se tornaba una debacle emocional que me derrumbaba sin consuelo. Y me levantaba. Y seguía. Y me ocupaba. Pero de nuevo venía la cuesta abajo y otra vez vuelta a empezar.

Este ha sido el año en el que hemos aprendido el auténtico significado de «echar de menos» , echar de menos desde lo más insignificante hasta lo más importante. Porque he echado de menos hasta doler a toda la gente que quiero, recuerdo con una mezcla de ternura y tristeza a mi madre diciendo, después de dos meses sin vernos, que nunca habíamos estado tanto tiempo separadas. Pero también echar de menos el cine, los paseos, los viajes, los abrazos, ver el mar, probar comidas ricas, las excursiones, los besos, los conciertos, el teatro, las largas conversaciones post comilona… Y un largo etcétera.

También ha sido el año de aprender a vivir con miedo. Un miedo que te paraliza ante la posibilidad de que ese maldito virus pueda siquiera rozar a alguna de mis personas favoritas y ya no haya ocasión recuperar todo el tiempo que hemos perdido este año. El miedo a que las consecuencias económicas afecten a nuestro trabajo, como así ocurrió con el mío durante el estado de alarma (por suerte, solo un daño colateral). Miedo a no saber qué vendrá. Miedo a no recuperar jamás todo aquello que me hacía feliz y que nos ha sido arrebatado. Miedo a la soledad. Miedo a salir de casa. Miedo a no poder estar donde haces falta y miedo a no estar donde quieres estar. Y otro largo etcétera.

Pero por encima de todo ha sido el año de las limitaciones para absolutamente todo y, con ellas, esta sensación tan desagradable de tener que estar midiendo cualquier cosa que quieras hacer. Jamás pensé que fuera a vivir cosas como un estado de alarma, toques de queda, restricciones de movilidad, confinamientos, usar salvoconductos para ir a trabajar o tener que dar explicaciones por cosas tan sencillas como pasear a mi perra, ir a la compra o visitar a mis padres. Hemos puesto unos grilletes muy pesados a la libertad en aras de la salud, no había otra opción, pero después de muchos meses arrastrándolos, esos grilletes cada vez pesan más. Porque la vida se trata de vivir, si, pero también de sentirse vivo.

Y, desgraciadamente, a pesar de todo, hay personas que siguen sin aprender nada. Hace unos meses hablaba de que tal vez esta experiencia serviría para poner en el centro de todo a las personas, ocupando el papel que les corresponde, pero tras un año de malas noticias, de desgracias, de muertes y con todo ello la evidente necesidad de estar más que nunca ahí los unos para los otros, aun hay quienes no entienden de la vida porque no saben, porque no quieren o porque en lugar de corona se han puesto un casco para no dejar entrar la luz que irradiamos los que nos atrevemos, no vaya a ser que les deslumbre. Porque si, entre todo el cargamento nocivo que traía este año de serie, había que añadirle algún que otro componente tóxico, no vaya a ser.

A pesar de todo, gracias. Por obligarme a parar para dedicarme tiempo a mí misma, por regalarme todos esos ratos para disfrutar de mis bichitos, por dejarme sola en la batalla con mis dragones, a los que he demostrado una vez más que puedo ganar por más fuego que escupan, por forzarme a reordenar mis prioridades y poder dar así un paso más allá para saber lo que quiero en mi vida, pero sobretodo lo que no.

Y por último, os quiero hacer un regalo de fin de año y compartir con todos vosotros mi vibrante emoción ante cada reencuentro, los ha habido de todos los tipos y colores, pero cada uno de ellos ha sido tan especial, aún con mascarilla, que ha dejado una huella hermosa de la que no me quiero olvidar en esta noche. Con ellos, con ellas, con él, con ella…no necesito dar nombres porque saben de sobra quiénes son ya que, aunque no podían ver mi sonrisa, sí el brillo en mis ojos cuando, después de meses, por fin he podido sentirlos cerca. Tampoco me quiero olvidar de todas las nuevas primeras veces que ya han tenido lugar. Volver a ver mi Madrid, volver a conducir, mi mar, el primer paseo sin limitaciones, algún que otro viaje aunque esta vez sin ir muy lejos de casa, la primera quedada a tomar algo, las primeras risas de los niños jugando en la calle, el primer desayuno en una terraza al sol…Pero sobretodo, no me quiero olvidar de todas las nuevas primeras veces que están por venir, que vendrán, porque, depende solo de nosotros, que ni las limitaciones, ni las decepciones, ni los miedos puedan quitarnos la capacidad de soñar.

Mis alas han perdido el plumaje mientras esperaba tras los barrotes a ver algo de luz al final del túnel, si, pero esta noche es una cerilla que prende esa luz, porque si, porque elijo creer en que el 2021 cambiará el rumbo y vendrá cargado de cosas buenas, de personas mejores, además de todos los besos, los abrazos y los viajes que nos ha robado este 2020, el maldito año de la rata. Vamos a darle «juntos» al botón de reiniciar y… bienvenido 2021, nuestra revancha.

Alto Tajo: el río que nos lleva

Después de un fin de semana, el último de libertad antes de un nuevo semi confinamiento y uno muy especial para mí, en la zona del Alto Tajo, no me ha resultado extraño saber que José Luis Sampedro le dedicara a esta zona la novela homónima al título de esta entrada. A escasas 2 horas de casa, he descubierto un oasis de paz plagado de paisajes que te roban el aliento y que, ahora que de nuevo no puedo cruzar los límites de mi municipio, se me antoja un lugar al que volver en mi mente cada vez que, de nuevo, la montaña rusa de emociones quiera precipitarme hacia el vacío.

Nuestra pequeña aventura arranca cerca de Peralejos de las Truchas, donde nos alojamos en los acogedores Apartamentos Rurales Chon Alto Tajo, y poco después de iniciar nuestro camino abandonamos la carretera general para tomar lo que allí llaman «pistas», esto es, un camino de tierra que, a tramos es más llevadero, pero otros tramos se convierten en un vaivén constante esquivando surcos y piedras. La pista pronto nos descubre un paraje que parece sacado de una postal pues, además, el otoño ya va ganando terreno al verano y empieza a pintar los árboles con sus colores ocres mezclados con el verde de los pinos y la belleza agreste del paisaje kárstico además de, por supuesto, el azul celeste del Tajo.

Continuamos el sinuoso camino para adentrarnos en el Barranco del Horcajo, una maravilla natural que ha creado uno de los numerosos afluentes que tiene el Tajo en esta zona gracias a la erosión constante de las rocas. Estas rocas son el producto de varias épocas de movimiento de las placas tectónicas y por tanto combinan diferentes tipos de materiales, lo que provoca que algunas capas de la misma roca tengan menos resistencia y se desgasten con más facilidad. Así, las rocas van dibujando formas imposibles en su descenso hacia el río.

El camino, además de una aventura y un placer para los sentidos para alguien que disfruta tanto conduciendo como yo, es muy cómodo porque tiene lugares para parar con el coche y poder respirar el aire puro mientras haces fotos tranquilamente. Nuestro objetivo, la Laguna de Taravilla para dejar allí el coche e iniciar una ruta a pie. Alcanzamos la Laguna para maravillarnos con esta masa de agua alimentada de forma constante por aguas subterráneas y rodeada por un humedal.

Desde la Laguna, iniciamos la ruta que nos va a adentrar en el valle rodeados de naturaleza entre bosques de pinos donde podrías perderte, bordeando los afluentes del Tajo, descubriendo pequeñas playas de arena que permiten darse un baño cuando las temperaturas acompañan, cruzando puentes colgantes y disfrutando del silencio y la paz que nos transmite este lugar.

El objetivo de la ruta a pie es el Salto de la Poveda, una antigua presa construida con la intención de utilizar la fuerza del agua para crear aquí una central hidroeléctrica que abasteciera a los municipios de alrededor. Unos problemas de filtraciones hicieron que la presa quedara en desuso y, a día de hoy, prácticamente en ruinas, el agua se abre paso dejando un espectáculo a la vista. El agua que cae del Salto, va a parar al Embalse de la Chorrera.

En este punto del río, es donde los gancheros hacían su primera parada en su procesión hasta Aranjuez. Los gancheros eran personas dedicadas a transportar troncos de madera a lo largo del río Tajo, oficio hoy extinguido desde que llegara el transporte por carretera, bien entrado el siglo XX.

De vuelta al coche terminamos la ruta que nos llevará hasta Poveda de la Sierra para hacer allí un pequeño receso y aprovechar a tomar una riquísima parrillada de carne con unos deliciosos postres caseros en Casa Parri.

De allí, nos vamos al Nacimiento del Río Cuervo, un monumento natural en forma de manantial donde las aguas subterráneas que vienen desde la zona más elevada de Mula del Cuervo, emergen a la superficie. Un lugar bonito aunque nos pareció algo menos impresionante debido a los increíbles paisajes que habíamos visto durante toda la mañana además de que está muy preparado de cara a las visitas turísticas y eso nos desencantó un poco. Aun así, merece la pena ver la cascada y pasear un rato cómodamente por este parque.

Toca un poquito de descanso para arrancar un día especial para mí, ese en el que me hago un año más sabia, recorriendo una ruta en coche que nos llevará desde Zaorejas hasta Contuende. La carretera es una delicia, especialmente si os gustan las curvas tanto como a mí, pero el día amaneció algo lluvioso y esta carretera no cuenta con tantos lugares para parar como la que recorrimos el día anterior, así que no tengo imágenes. Tendréis que recorrerla y, como nosotros, guardar en vuestras retinas todos sus paisajes. Merece especial mención en esta ruta el Mirador de Zaorejas, desde el cual se puede divisar gran parte del recorrido del Tajo por el Valle. Desde lo alto de las rocas, viendo planear a los halcones y cómo el Tajo dibuja sus curvas perfectas a través del Valle, es uno de los lugares donde quiero volver con mi mente cada vez que necesite algo de paz. No hay mejor regalo de cumpleaños que estas vistas.

Abandonamos nuestra ruta en coche para visitar Molina de Aragón, una ciudad que se presenta desde que tomas la carretera para acceder a ella y ves el perfil de su muralla, su castillo y su torre del homenaje, llamada Torre de Aragón, haciendo notar su protagonismo. Molina fue llamada Molina de los Caballeros hasta que, tras una insurrección de la plebe molinesa durante la guerra entre Castilla y Aragón, decidieron ponerse bajo la soberanía de Aragón y a partir de entonces pasó a ser llamada Molina de Aragón.

La última parada de este fin de semana, es el Castillo de Zafra haciendo honor a mi lado más friki pues este castillo fue uno de los escenarios elegidos para rodar algunas escenas de Juego de Tronos, en concreto, para los frikis como yo, aquellas en las que se revivía un secreto que ponía en duda la honorabilidad de Ned Stark. Dejando la ficción a parte, el castillo se ubica en una zona orográfica escarpada salpicada de conglomerados rocosos de hace más de 200 millones de años. Sobre uno de estos conglomerados, se erige el castillo que, desde todos los puntos de Hombrados y Campillo de Dueñas, los pueblos que están más cerca del castillo, resulta una visión impresionante.

Es el mejor colofón a esta pequeña excursión y otro regalo fabuloso para la cumpleañera. Como un regalo ha sido la compañía de mi Moana, siempre llenando todo de energía mientras campa a sus anchas, remojón en el Tajo incluido, y un colaborador muy especial que me ha ayudado con muchas de las imágenes que os he enseñado. Soy consciente que, después de todo esto, no puedo pedir más pero aun así lo voy a pedir. Mi deseo de cumpleaños es que muy pronto todas las limitaciones queden atrás y pueda seguir coleccionando momentos, paisajes y sensaciones como las de estos días. Un último vistazo al Valle del Alto Tajo, esta vez con la luz del atardecer que sabéis que tanto me gusta, y hasta la próxima, que espero sea muy muy pronto!

Cantabria infinita

Dicen que Cantabria fue uno de los pueblos más belicosos del norte peninsular y, en este 2020 tan complicado, que nos está arrebatando tantas cosas, yo necesitaba contagiarme de ese espíritu combatiente para seguir plantándole cara a esta nueva realidad. No sé si habré conseguido mi objetivo pero ya os anticipo que esta nueva aventura me ha hecho sentir más sola que en otras ocasiones, el miedo se ha colado dentro de nosotros y la distancia social ha puesto un muro entre cada persona que encuentras a tu paso, pero también me ha llevado a enamorarme sin remedio de una tierra plagada de paisajes de ensueño, de historias que contar y de tesoros escondidos. ¡Vamos allá!

Mi aventura arranca en San Vicente de la Barquera, una villa marinera que, a día de hoy, vive fundamentalmente del turismo gracias a sus maravillosas playas. De gran riqueza natural, se ubica en el estuario de la ría de San Vicente, donde los ríos Escudo y Gandarilla desembocan al mar Cantábrico, dejando un paisaje increíble de marismas que se pueden observar desde la zona alta de la villa, en el mirador de Santa María de los Ángeles. La pasión que siento siempre por los lugares altos desde los que divisar vistas increíbles, me lleva a subir sin dudarlo a contemplar esta maravillosa vista.

Cruzo el Puente de la Maza, un puente de arcos de medio punto, para poder contemplar la postal típica de San Vicente, con un sinfín de barquitas de colores apostadas en el embarcadero dispuestas para salir de pesca.

Lo hago desde la Playa de la Maza, una auténtica maravilla de playa para perros donde, acompañada de mi Moana, pasamos una tarde muy agradable con unas vistas inolvidables, pues a medida que va avanzando la tarde, la luz va cambiando los colores de San Vicente y la marea baja dejando un paisaje totalmente distinto al que habíamos visto por la mañana.

Sigue la aventura en Comillas, una villa señorial muy importante pues allí se fundó la Universidad de Comillas, de la que salieron importantes figuras eclesiásticas, razón por la cual se conoce a Comillas como la “villa de los arzobispos”.

Además de sus innumerables edificios barrocos, destaca la huella modernista que escasea fuera de Cataluña. De hecho, uno de los principales atractivos de Comillas es el Capricho de Gaudí, hoy convertido en museo.

El parque que rodea El Capricho es una auténtica maravilla, más aún si viajas con perro, y permite ver desde sus miradores los edificios de la villa.

Por si todo esto fuera poco, la playa de Comillas es también mágica. Tuvimos ocasión de pasear por ella e incluso poder comer en una terraza oyendo al Cantábrico rugir entre las rocas, que ejercen de espigón natural.

Seguimos camino hacia la villa de las tres mentiras, esto es, Santillana del Mar (llamada así porque ni es santa, ni es llana ni tampoco tiene mar). Un municipio medieval que derrocha encanto en cada calle y cada esquina.

En Santillana del Mar se encuentran las famosísimas Cuevas de Altamira que no pudimos visitar puesto que, con el ánimo de salvaguardarlas del deterioro, sólo pueden entrar a la semana 5 personas seleccionadas de una lista de espera interminable. Dada esta circunstancia, han creado en Santillana un museo con una réplica de las cuevas para, al menos, hacerte una idea de cómo son las auténticas.
Y si! Como podríais suponer, la editorial Santillana debe su nombre a este increíble lugar. No me resultó extraño que Polanco se enamorara de este pueblo con solo dar un paseo por sus callejuelas empedradas y contemplar sus maravillosos balcones. Destaca un balcón en la Plaza Mayor que pertenece a un lugareño que ocupa gran parte de su tiempo en mantener su balcón así de bonito y floreado.

Además de todo esto, no podíamos dejar de visitar Casa Quevedo, un obrador con solera que ofrece raciones de leche con bizcocho (además de los típicos sobaos y la quesada), de nuevo en la simplicidad está la excelencia porque es increíble como algo tan sencillo puede estar tan exquisito. No tengo foto, pero guardo a buen recaudo el sabor y la textura de la leche con bizcocho.

No podíamos irnos de la Cantabria más occidental sin asomarnos al cabo de Suances para ver el mar Cantábrico desde sus acantilados con la luz del atardecer.


Tras un merecido descanso, visitamos el parque de la naturaleza de Cabárceno. Un lugar a caballo entre un zoológico y un parque natural, con 750 hectáreas de terreno, construido sobre el paisaje kárstico de una antigua explotación minera en el que, además, hay un montón de animales salvajes que puedes ver de cerca. Y lo mejor de todo, pude hacerlo con Moana y ver su carita de curiosidad ante esos animales tan raros para ella.

El parque se recorre en coche, haciendo las paradas que consideres oportunas para ver a los animales y, entre parada y parada, puedes observar la belleza del paraje en el que está ubicado. En el parque también hay telecabina que me permitió verlo también desde las alturas e incluso divisar la bahía de Santander.De vuelta del parque, decidí hacer una parada en Liérganes y resultó todo un acierto. Es un pueblo encantador atravesado por el río Miera, que se convierte en protagonista absoluto de la villa.Solo por contemplar su Puente Mayor merece la pena la visita pero además aprovechamos para darnos un chapuzón en el Miera y aprender sobre la leyenda del “hombre pez”. Se trata de la historia de Francisco de la Vega, que un día desapareció en el mar y se le encontró unos años después, con forma de pez y escamas pero apariencia humana, según cuenta la leyenda, y sólo acertó a tartamudear “Liérganes” por lo que le devolvieron a su pueblo natal donde pasó el resto de su vida hasta que un día volvió al mar y desapareció para siempre. Una escultura al pie del Puente Mayor recuerda la historia.


Al día siguiente, nos acercamos hasta Liencres, que nos ofrece una ruta a pie para recorrer los abruptos acantilados de su litoral. Nos acompañan toda la ruta unas vistas impresionantes de la Isla del Castro y los Urros de Liencres, muestras de cómo la naturaleza puede ser alucinante creando esos paisajes sólo con la erosión de las olas sobre la roca. He echado tanto de menos el mar durante el confinamiento, que no quiero resistir la tentación de sentarme a observarlo, colgada del acantilado, tanto tiempo como me apetezca.


Han habido más pueblos, más rutas y más momentos pero he querido concentrar los más relevantes de esta pequeña aventura por Cantabria. Ojalá muy pronto podamos volver a viajar todo lo lejos o lo cerca que queramos cuando hayamos vencido la batalla y tengamos la corona lista para que vuelva a brillar, si cabe, con más fuerza.